La famosa sucesión no nació mirando flores, sino pensando en conejos. En su libro, planteó: "¿Cuántas parejas de conejos se pueden producir en un año comenzando con una sola pareja, si cada mes cada pareja engendra una nueva pareja que puede procrear al segundo mes?". La respuesta a ese caos reproductivo fue, justamente, su secuencia de números.
Él nunca se llamó a sí mismo Fibonacci. Ese nombre fue inventado por un historiador en 1838 (¡600 años después de su muerte!). Él firmaba como Leonardo Bigollo, y "Bigollo" en esa época significaba algo así como "viajero" o incluso "bueno para nada/distraído". Se ve que lo trataban de vago porque se pasaba el día pensando en números.
El emperador Federico II, que era fan de la ciencia, organizó un torneo matemático para poner a prueba a Leonardo. Un sabio de la corte le dio problemas que parecían imposibles para la época. Leonardo los resolvió todos mentalmente y con una velocidad que dejó a todos con la boca abierta. Desde ahí, el emperador se convirtió en su protector.
¡Casi termina preso! Al principio, la ciudad de Florencia prohibió el uso de los números que Leonardo traía porque decían que eran "fáciles de falsificar" (un 0 se puede convertir en un 6 o un 9 muy fácil). La gente les tenía miedo porque decían que eran "mágicos" o cosa del diablo. A Leonardo le costó años convencer a la gente de que eran simplemente más eficientes.
Si contás las espirales de las semillas de un girasol, casi siempre vas a encontrar números de su secuencia: 34 en un sentido y 55 en otro, o 55 y 89. No es casualidad, es la forma más eficiente que tiene la naturaleza para aprovechar el espacio. ¡Matemática pura en la naturaleza!
En Pisa hay una estatua de él, pero durante mucho tiempo estuvo escondida o mal ubicada. Recién hace unos años la pusieron en un lugar central para que los turistas se saquen fotos. Es loco pensar que el hombre que nos dio la herramienta para ser potencias comerciales (los números decimales) fuera olvidado por tantos siglos en su propia ciudad.