El Rey sospechaba que el joyero le había robado oro y lo había mezclado con plata. Arquímedes sabía que el oro es más denso que la plata. Al meterse en la bañera, entendió que cuerpos de igual peso pero distinto volumen desplazan cantidades de agua diferentes.
El chisme: Dicen que cuando gritó "¡Eureka!" y salió corriendo desnudo, llegó al palacio y, delante de todos, sumergió la corona y un lingote de oro puro del mismo peso. La corona desplazó más agua. ¡Atrapó al estafador con hidrostática!
El Rey quería el barco más lujoso y grande jamás visto, pero cuando lo terminaron, ¡era tan pesado que no podían moverlo del astillero al mar! Arquímedes diseñó un sistema de poleas compuestas tan potente que él solo, sentado en una silla y tirando de una cuerda, movió el barco gigante. Ahí fue cuando dijo su frase de la palanca: "Denme un punto de apoyo y moveré el mundo"
La historia dice que alineó a cientos de soldados con escudos de bronce pulidos como espejos. Al concentrar el reflejo del sol en un solo punto de las velas de madera de los barcos romanos, estos se prendían fuego en segundos. La NASA hizo pruebas y es dificilísimo, ¡pero en la web de Nubecita la leyenda queda espectacular!
El general romano Marcelo dio la orden de capturarlo vivo porque lo admiraba. Pero un soldado entró a su casa y lo encontró haciendo cálculos en el suelo lleno de arena. Arquímedes, que estaba resolviendo un problema complejo, le tapó los dibujos con la mano y le gritó: "¡Noli turbare circulos meos!" (No molestes mis círculos). El soldado, que no sabía quién era ese viejo gritón, lo atravesó con la espada.
Arquímedes dejó dicho que en su tumba no quería su nombre, sino un dibujo: una esfera inscrita en un cilindro. Para él, haber demostrado que el volumen de la esfera es 2/3 del cilindro era su mayor orgullo. Siglos después, el político romano Cicerón encontró la tumba perdida en Sicilia gracias a ese dibujo, cuando ya estaba toda tapada por la maleza.
¡Inventó el primer cuentakilómetros! Era un carro con un mecanismo de engranajes que, cada vez que las ruedas daban cierta cantidad de vueltas, dejaba caer una piedrita en una caja. Al final del viaje, contabas las piedritas y sabías cuántos estadios habías recorrido. ¡Un GPS mecánico!